Hay que ver dónde me fueron a sembrar; en lo
alto de una colina. Nada puebla este solanar más que mis espesas ramas. Brazos
abiertos al viento, cobijo de jilgueros, columpio que roza el cielo, entre
risas inocentes de vidas que nacen a la vida, abrigo de amantes en tórridas tardes
de verano, reposo sereno de caminantes perdidos… Bajo mis cepas los conflictos
se demoran, los miedos se atenúan, se ralentiza
el tiempo y el todo se hace nada.
Así fue durante años hasta ese fatídico día… Ahora
mírenme seco, sin alegría. No hay hojas para resguardarse ni de los rayos
suaves de la luna. Los pájaros emigraron, las voces no se escuchan. El silencio,
postigo abierto a los espectros, impuso su voluntad.
El último jueves del mes llegan hasta a
mí en peregrinación, fieles seguidores de la señora de negro vestida. Se
arrodillan y entre el llanto de tanta plañidera, recitan conjuros por las almas
que yacen en la tierra húmeda que me abona.
El primer cuerpo que el viento meció fue el de
José, el hijo del carnicero. Me pregunto qué volunto le sacudió para adornar
su cuello con la soga cruel de la cobardía. Luego vinieron otros del mismo pueblo y de pueblos vecinos, emigrantes
de la infelicidad, hasta hacerme el árbol más famoso del condado.
¡Fastidio de popularidad la mía! Quiero ser lo
que fui, una simple encina cuajada de bellotas.