Escondido tras la alegría de otros, la vio llegar.
Toda la semana anduvo ideando mil maneras de separarla del grupo de amigos, que
tan bien la protegían. La quería solo para él, aunque fuera un instante que
durara toda la vida. La diferencia de edad, no era obstáculo insalvable, deseaba
tenerla cerca, escuchar su risa desenfadada, cómplice y cariñosa. Deleitarse
con la visión de la cadencia de sus ademanes, mientras le contaba lo que había
hecho en el patio del colegio. La sabía traviesa y juguetona y a medida que
ella le contara, él iría imaginando cada una de sus palabras. La tarde fue un
ir y venir, de atracción en atracción. Nubes de algodón rosado, manzanas
caramelizadas, casetas de tiro, griterío, algarabía… Cuando la noche cayó y la
luna derramaba su luz, ella se distanció tres pasos, quedándose fija frente al Pozo
de los Deseos. Sobre su cuello desnudo, sintió un soplo cálido que la hizo
estremecer. Después agarraron su mano. Feliz, cerró los ojos y pidió un deseo.
Hoy, aún, sus manos siguen cogidas a las de él.
Otros pozos esperando monedas en la entrada de mas abajo.