Hoy han vuelto a estar aquí,
los de las batas blancas y mascarillas
en los rostros. Todos los obreros hemos guardado el orden establecido en una
fila de a dos. Han vuelto a inyectarnos, la cadena, no se ha interrumpido a
pesar de ello. Dicen que es una vacuna para prevenir contagios por el polvo
amarillo que desprenden las rocas que excavamos. Todos lo creen, excepto yo. Antes
lo hablaba. – Demasiadas preguntas, me recriminaron a modo de advertencia. Hubo
otras ocasiones en las que no pude contener mis palabras y las consecuencias fueron extremadamente
duras. Por ello he decidido dejarme, abandonarme y observar. Lo observo todo.
Mis compañeros no me creen cuando les comparto mis descubrimientos, me llaman,
el loco.
Con el material que he ido compilando,
puedo justificar que cuando lo hacen, y ese líquido corre por nuestras venas
libre, su lava abrasa todo lo que encuentra en el torrente de la poca vida que
nos resta. Al llegar la noche, tras las duras e interminables jornadas de trabajo,
caemos en un letargo inducido. Es como vivir en un limbo sin nada que lo
perturbe. Sueños sin llegar a soñar, en los que no existen buenos ni malos, en esta
pesadilla continua, que como sonámbulos más tarde no logramos evocar. Yo sí,
tengo documentos.
Nace el sol, vuelve a nacer y
la ciudad crece más y más. Las líneas divisorias entre ella y el horizonte se
entremezclan para nosotros, topos que habitamos bajo la tierra, mientras ellos construyen
un nuevo mundo.
Busco algo en este
rompecabezas que me corroe, la última pieza que complete el puzle, pero no
recuerdo qué, ni dónde. Sé que la escondí pero, ¿dónde?
Ayer volvieron a inyectarnos.
Otros contagiosos virus en casa de Mª José


