Cada
mañana a la misma hora, minuto arriba o minuto abajo, el teléfono vibra tres
veces; es la señal que la saca del letargo en el que está sumida. Bajo
cualquier excusa se aparta a un lugar, donde la privacidad como único testigo,
deja volar libres las preguntas y las respuestas que ambos se intercalan
atropelladamente. A través de estos hilos invisibles que les unen, circulan sus
secretos, vibran sus risas, acarician sus palabras… Unos minutos robados al
día, en los que el reloj del mundo se detiene, insuficientes para saciar tanta
necesidad de saber el uno del otro.
Hoy
por primera vez desde que los ingresaron, cuelga el teléfono con la sonrisa
dibujada en su rostro. Se ha decidido; por fin cruzará, el pasillo que los
separa.
Otras horas y otros relojes en el blog de Charo



