El
plazo para escribir la carta a los reyes magos estaba a punto de concluir. Éramos
conscientes, porque para evitar olvidos, mis padres cada año marcaban ese día en el almanaque
rodeándolo con un círculo rojo. Como siempre la más indecisa era yo, me
gustaban ¡tantas cosas! No tenía claro
si pedir el maletín de la señorita Pepis o unos patines azules de cuatro
ruedas. Una semana antes a la fecha señalada, sentada frente a nuestro
televisor en blanco y negro, la vi. Llevaba un gorro anudado a su cara de luna,
por el que se escapaban unos tirabuzones color
avellana, a juego un vestido
blanco del que asomaba unos pololos con lacitos rosas. Caminaba moviendo su
cuerpo de un lado a otro con los brazos abiertos, al son de un villancico como
música de fondo. Ese, ese era el regalo
que yo quería, no podía pedir otra cosa. Sin demora me fui a mi cuarto y
escribí la carta con la ilusión de que llegara pronto a sus majestades.
Una
tarde en la que me quedé sola en casa, teniendo la sospecha de que los reyes no
eran tan magos, eso me había dicho mi amiga Chus, busqué por todas las
habitaciones algún paquete que ratificara mis dudas. Sobre el armario del
dormitorio grande toqué una caja, con mucho esfuerzo me estiré cuanto pude
hasta conseguir llegar a ella, aún no estaba envuelta. Al tenerla entre mis
manos, todos los secretos quedaron al descubierto.
Fue
entonces cuando supe que había dejado de ser niña, aunque ese año la noche del
cinco de enero jugara a hacerme la sorprendida al abrir la caja que contenía a mi
muñeca Leila.
Otros juegos y otros juguetes lo podéis encontrar en el blog de Molí

