domingo, 10 de junio de 2012

Cuarto y mitad.



            La quisieron casar con Tomás el carnicero, era un buen partido para una niña que no iba a cursar más allá de las cuatro letras elementales. Un padre inquisidor y una madre amaestrada, tenían todo su futuro planeado.
Ella le miraba al salir de la academia de corte y confección a la que le obligaban  asistir. Una mujer de bien ha de aprender a coser y bordar, le decían. Pero ella tenía sueños,  inalcanzables tal vez, pero eran suyos, eran sus sueños.
En el verano del 65 un joven llegó al pueblo para pasar junto a sus abuelos esos meses de calor agotador. Joven de ciudad, esmirriado, blancuzco y desgarbado, según su padre. Sin embargo Gloria vio en él, el camino hacia la libertad.
Asomada a su ventana, le veía llegar cada tarde al parque. Buscaba la sombra del viejo  sauce, bajo sus ramas se acomodaba. Siempre acompañado de un cuaderno y un lapicero. Sobre sus piernas a modo de mesa, lo apoyaba. Él todo lo observaba, perdiéndose entre el cielo y la tierra, entre montañas y riachuelos, luego lo dejaba plasmado en las hojas blancas, sus fieles compañeras.
Gloria no dudo. Una tarde se sentó junto a él y le hablo, lo hizo directo al corazón.
Al terminar el verano se marcho con él.
Mírala, menuda elección, si hasta le saca ella un palmo a él, dijo su padre.
Gloria caminó sin mirar atrás.
Marcelo era arquitecto, afamado y reconocido. Viajaron por todo el mundo. Alta sociedad, gente refinada. Todo lo que Gloria anheló se hizo realidad.
Años más tarde regresó al pueblo. La madre había fallecido, su funeral fue la llamada.
Tras el entierro, permaneció unos días en ese lugar, hasta solucionar la venta de la casa que en herencia le habían dejado sus padres. Curiosa, una mañana se acercó hasta la calle Esperanza, quería comprobar si la carnicería de Tomás seguía en pie y sí allí estaba.
Tras el mostrador, Tomás, con menos pelo y más kilos. Junto a él, una señora rubio teñido, de mejillas carnosas, redondas como una luna llena; poseedora de un cuerpo que se le desbordaba sobre el blanco delantal que a su cintura se anudaba.
Gloria les miró y se vio allí. Ella podría estar allí fileteando un solomillo, de haberse casado con Tomás.
 Yo, una mujer que hoy  lo tengo todo, pensó, habría estado aquí entre tanta carne colgada y expuesta, de haberme dejado doblegar.
 Su pensamiento se detuvo en esa pareja de miradas cómplices.  Algo dentro de ella se removió, sus sentimientos se le revelaban.
Pero si todo lo tengo, se dijo ¿Por qué mis ojos no brillan como los ojos de la mujer del pelo rubio teñido?

13 comentarios:

  1. La realidad es que no tenía nada... nunca es tarde para darse cuenta

    Besos

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  2. La sensacion que me sugiere tu relato es... entrañable. Buena pregunta se hace tu protagonista, lastima que la respuesta la tendra tan profunda que seguramente no llegue a salir al plano consciente.
    Un beso

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  3. Que bonito San, y que buena pregunta se hace la protagonista al final, claro que desde que quiso ver al carnicero, ya me dije yo que esta chica no era feliz, y es que para una romántica como yo, el dinero no lo es todo, ayuda, vaya que si ayuda, pero hay cosas que el dinero no da, y yo las prefiero, además suelen ser gratis. Buena semana. Besitos.

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  4. Escogió lo superfluo, tendra que hacerse cargo
    Un abrazo

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  5. Quizá, aun sabiendo la consecuencia, hubiera actuado igual... y es que a veces somos errantemente previsibles.
    Besos, San, y un abrazo
    Lupa

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  6. Buena historia, San... ya se sabe, a veces, no todo lo que brilla es oro. Y siempre, al final, lo único que realmente nos llena es el sentimiento.
    Un besito.

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  7. Nos pasan factura las elecciones en cualquier sentido.
    Una perfecta forma de entrar la semana, vamos a comprar al mercado...besito lunero, nos vemooos.

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  8. Quizás esa sonrisa cómplice no tenga precio. Las sonrisas no se compran ni con todo el oro del mundo. Lo material es efímero, el sentimiento permanece. Muy bello relato, San. Besos.

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  9. Pues que pruebe a teñirse de rubia :)
    no, en serio, un buen relato, debe ser triste renunciar a ese brillo en los ojos, renunciar a tus sentimientos sólo para "poseer" algo material.

    Un abrazo

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  10. cuarto y mitad de felicidad
    no quiero pensar que huía que todo la ahogaba
    que ella no fue feliz y el arquitecto si...
    Nada es seguro
    pero añorar la juventud pasada no asegura que se hubiera equivocado igualmente, y después se fustigara con haber perdido el arquitecto

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  11. Un relato precioso sobre las prioridades adecuadas, que no siempre se descubren a tiempo.
    Un saludo, me quedo por aquí

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  12. Tampoco hubiese tenido el brillo en la mirada de haberse casado con Tomás, eso seguro.

    Magnífico relato, San

    un abrazo :)

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